Neuroantropología de un puerto joven

Ave captada cazando en el río Cuale, mostrando su precisión y elegancia sobre las aguas.
Ave captada cazando en el río Cuale, mostrando su precisión y elegancia sobre las aguas.

Puerto Vallarta es reconocido internacionalmente por ser un destino que contiene distintas experiencias para los extranjeros, sabemos el ¿Cómo?; pero no el ¿Por qué?

Arrancamos la historia de una ciudad de no más de doscientos años, donde las creencias, los principios y la cultura provienen de múltiples zonas de la república —y del mundo—, creando una amalgama de costumbres, fraternidad y cariño hacia el prójimo. Sin embargo, con el paso del tiempo, ese espíritu se ha ido degradando.

¿Vallarta? Quien conoce o habita el puerto tal vez no alcance a dimensionar lo que este lugar puede llegar a representar para quienes vienen de fuera. Al fin y al cabo, Puerto Vallarta ha ido construyendo una fama al estilo de Las Vegas: “Lo que pasa en Vallarta, se queda en Vallarta.”
La historia del puerto se ha ido diluyendo, y en su lugar ha surgido una memoria colectiva llena de huecos y contradicciones. Surgen las dudas: ¿realmente eso ocurrió? Como si fuéramos una línea más del célebre 1984 de George Orwell:

“Quien controla el pasado, controla el futuro; quien controla el presente, controla el pasado.”

Tomando esa idea —reducida en fatalidad— llegamos a un hecho: Vallarta es hoy un lugar construido a partir de la memoria colectiva.

“Es una ciudad con acomodo de pueblo, un pueblo con apariencia de ciudad; un lugar muy chiquito, donde la vida pasa muy lenta.”

Eso es el pan de cada día para un local: escuchar esas palabras de quienes apenas comienzan a asentarse aquí.

Pero entonces... ¿por qué siguen aquí?

Para abordar este tema, debemos partir de una idea esencial: “Debo indagar en el pasado para comprender las razones de mi presente.” Esta búsqueda abre el camino hacia múltiples dimensiones —científicas, sociales, espirituales y biológicas—, porque no debemos olvidar que en cada uno de nosotros habita la herencia de las generaciones que nos trajeron al mundo.

Comencemos entonces explorando a Puerto Vallarta entre los años 1851 y 1918. A comienzos del siglo XX, Puerto Vallarta era todavía un pequeño asentamiento costero, compuesto por unas cuantas viviendas que anticipaban los elementos característicos de la arquitectura vernácula regional.

Los pobladores de Puerto Vallarta, según escritos de la Iglesia de Guadalupe y otros autores, provenían de rancherías y pueblos cercanos de Jalisco, Colima y Nayarit. En estos años influye sobre sus extensiones el estilo de vida de un pueblo pesquero tranquilo, donde el comercio solo dependía de pesca, ganadería, agricultura y en una sutil minoría, de artesanías. Fue fundado por José Guadalupe Sánchez Torres, un comerciante de sal en 1851, bajo del nombre de “Las Peñas de Santa María de Guadalupe”, un 12 de Diciembre.

A comienzos del siglo XX, específicamente el 31 de mayo de 1918, Las Peñas de Santa María de Guadalupe fue reconocido oficialmente como municipio, conforme al artículo 115 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Con ello, adoptó el nombre de Puerto Vallarta, en homenaje póstumo al exgobernador de Jalisco Ignacio L. Vallarta.

Hasta este punto, puede advertirse que la identidad del puerto aún no se encontraba claramente definida; su población carecía de un arraigo cultural sólido con aquello que, con el paso del tiempo, se consolidaría como Puerto Vallarta. Esto conduce a reflexionar sobre cómo la capacidad de adquirir conocimientos a partir de los elementos que conforman nuestro entorno —particularmente aquellos de origen no natural— varía significativamente entre individuos y comunidades. Sin embargo, nuestro comportamiento continúa arraigado en la cultura del espacio en el que hemos sido criados.

Las familias desempeñan un papel esencial en el desarrollo cognitivo, una verdad tan evidente que suele pasar inadvertida, como el acto mismo de respirar. El sesgo etnocéntrico, por su parte, puede llevarnos a conclusiones erróneas y contaminar la interpretación de los hechos cuando no existe una correspondencia entre la cultura del observador externo y la experiencia vital de quien ha habitado un mismo territorio durante generaciones.

Ante ello, surge una pregunta necesaria: ¿Cómo distinguir el etnocentrismo de un arrebato cultural? Esta inquietud conduce a un hecho revelador: no existen registros que documenten oposición alguna al cambio de nombre del entonces recién constituido Puerto Vallarta. En este punto, pueden identificarse al menos dos factores determinantes para el estudio de comunidades a pequeña escala, cuya comprensión podría ofrecer una visión más amplia sobre la construcción de la identidad cultural local:

  1. La participación en un sistema social caracterizado por el contacto cercano.
  2. La ausencia de una inmutabilidad frente al cambio; la evolución constante de ciertas costumbres es inevitable.

¿Cuál es el punto, entonces? A pesar de las distintas transformaciones a lo largo del tiempo, quienes somos habitantes de Vallarta mantenemos rasgos característicos, aunque todavía inmaduros. Podría decirse que estos conforman una especie de ego comunitario, una identidad factual con la cual diversos individuos logran reconocerse y vincularse.

¿Fueron los factores externos los que determinaron el cambio de nombre? Si partimos del postulado “La persona es un producto social”, nos encontramos ante una paradoja: las primeras personas que llegaron a Vallarta —provenientes de distintos lugares del país— eran, en realidad, productos sociales de otras regiones. En consecuencia, el origen mismo de la localidad se nutre de identidades previas, haciendo de su construcción cultural un proceso necesariamente híbrido y complejo.

Vallarta, antes de consolidarse como tal, puede entenderse como un espacio aún sin una identidad cultural definida; y si alguna vez la tuvo, no alcanzó a ser trascendental en su tiempo. Podría afirmarse que, a lo largo de nuestra existencia, experimentamos una incomodidad persistente con nuestro propio ser, pues no hallamos evidencia clara de aquello que reconocemos como propósito de nuestra materialización consciente.

Esa incertidumbre nos conduce a una cuestión esencial:

No podemos aceptar un punto de vista tautológico. Dicho de otro modo, resulta inaceptable considerar distintas realidades como una sola verdad absoluta. Sin embargo, también sería poco confiable desvincularnos por completo de las memorias pasadas al intentar reconstruir lo que hoy en día somos.

Más que una ciudad, es una elaboración mental: un espacio simbólico donde cada individuo decide permanecer, participando de una reconfiguración social que actúa como un mapa neuronal compartido —en este revela que la fuerza de la respuesta funcional está directamente relacionada con el número de sinapsis recibidas, lo que valida que las interconexiones no son de origen aleatorio, sino que sigue principios funcionales subyacentes—. En este proceso, los mitos, rituales y hábitos cotidianos se encargan de reorganizar la mente colectiva de las generaciones venideras.

Vallarta es especial, del mismo modo en que un enamorado no percibe los defectos de su amada recién descubierta. Este lugar posee la singular capacidad de generar sentido de pertenencia en menos de una generación. Ilusorias, incompletas o distorsionadas, las memorias de los fundadores funcionan como un punto de anclaje narrativo que refuerza la coherencia de un “yo colectivo”. Lejos de aspirar a un manifiesto absolutista, podría decirse que la memoria de este lugar, desde el momento de su nueva denominación, se convirtió en un sistema inmunológico cultural: un mecanismo en constante reescritura destinado a proteger una identidad joven, frágil y, a la vez, profundamente simbólica.

Bibliografía.

  • Borrador a mano
  • Eriksen, T. H. (2001). Small places, large issues: An introduction to social and cultural anthropology (2nd ed.). Pluto Press.
  • Ouspensky, P. D. (1950). The psychology of man’s possible evolution. Hodder & Stoughton.

Al lector:

El presente texto propone una aproximación interpretativa a la formación de la identidad colectiva en Puerto Vallarta, entendida no solo como un proceso histórico y social, sino también como una manifestación de la mente humana en interacción con su entorno cultural. La ciudad se concibe aquí como una elaboración simbólica y dinámica, un territorio donde las experiencias individuales y comunitarias configuran una red compartida de significados.
Si bien el enfoque se centra en la dimensión histórica y antropológica del fenómeno, se reconoce que los procesos de memoria, aprendizaje y transmisión cultural no pueden desvincularse de los fundamentos biológicos que los sustentan. En este sentido, el análisis neuroantropológico y el estudio del origen de la plasticidad neuronal —entendida como la capacidad del cerebro para transformarse a través de la experiencia— serán abordados en artículos posteriores. Dichas exploraciones permitirán ampliar la comprensión de cómo los vínculos afectivos, los rituales, los mitos y las costumbres locales participan activamente en la reconfiguración mental de las comunidades humanas.

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